Emociones encontradas, emociones complementadas

Las emociones pueden ser tan intensas que nos dejan como si nos hubiera pasado por encima una locomotora.

La emociones nos atrapan y embargan tiñendo en la mayoría de las  ocasiones todo nuestro pensar sentir y actuar: alegría, tristeza, ira, miedo, vergüenza…, ojalá algún día todas las investigaciones  se pongan de acuerdo en definir, cúantas y cuáles son las emociones básicas o primarias.

En cualquier caso y hasta que ese momento llegue, podremos seguir analizando y observando de qué manera unas emociones activan a otras, entremezclándose o incluso jugando a disfrazarse unas de otras, ante el  temor quizá a ser descubiertas.

Experimentar determinadas emociones puede ser un balón de energía para todo el día o al contrario, convertirse en un trance  duro, doloroso e  incómodo de sobrellevar…

Conectar con ellas y dedicarles un espacio para que se expresen de una forma que no nos dañen o dañen,  es una buena forma de avanzar en el camino de saber  de qué parte de nosotros nos están hablando.

Hay un relato recogido en el libro de Jorge Bucay, Cuentos para pensar, que me gusta mucho por dos razones; la primera, porque lo  conocí hace ya algunos años a través de una paciente que a pesar de su sufrimiento, hizo un trabajo personal muy valioso.  Ella misma lo trajo a consulta cuando dio sentido a esa mezcla de sentimientos que le inundaba en ocasiones y que tanto le costaba manejar. La segunda, porque me encantó la sencillez con la que explica de qué manera una emoción puede estar unida o escondida en otras.

Desde entonces lo utilizo a menudo. Aquí os lo dejo, espero que os guste

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Había una vez…
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas, las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún salió del agua…

Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró…

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza…

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla encontró que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad… está escondida la tristeza.

 

Yolanda Pérez

psicolunablog@gmail.com

 

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El Duelo y sus tareas (noviembre siempre triste…)

El duelo es un proceso de elaboración de una pérdida.  Para superar el dolor que la pérdida genera, es preciso superar una serie de etapas que más que lineales pueden ser irregulares, en un constante movimiento  de avance y retroceso.

Los aniversarios suponen uno de esos difíciles pasos a dar pero que sin duda hay que pasar para poder seguir hacia el futuro.

Uno de estos días le oigo a la pequeña cantar

“..noviembre siempre triste….”

¿Qué cantas cariño?- le pregunto, tratando de disimular el nudo que noto en el estómago.

-La canción- contesta sin darle mayor importancia.

Una canción que su aita ha aprendido hace poco a tocar con la guitarra y que cantan los tres. Ella, tiene una capacidad realmente asombrosa para retener las  letras y melodías de muchas canciones. Puede empezar a escuchar unos acordes y asociar rápidamente a qué canción corresponde.

También para reproducir la letra con haberla escuchado a penas un par de veces.

Bueno, eso es lo que me parece al menos a mi, aunque puede que solo sea amor de madre.

El caso es que ese día yo, que no suelo prestar especial atención a las letras de las canciones, me quedé con la frase y pensé

“Sí, noviembre siempre triste”.

De hecho, no hace mucho acababa de estar con una amiga con la que hacía tiempo que no coincidía, y ambas teníamos la misma sensación  sobre este mes.

¿Por qué será?

En mi caso, y en el de esta amiga también, noviembre coincide con el aniversario de varias pérdidas importantes.

Los aniversarios de pérdidas pueden tener una resonancia emocional en nosotros mucho tiempo después de haber sucedido. Saberlo, ayuda de alguna manera a mitigar el dolor que puedan causar, aunque  hacer desaparecer por completo esa tristeza sea a veces imposible.

A lo largo de la vida, las personas nos enfrentamos a pérdidas de diferente tipo.   Cuando hablamos de duelo, a casi todos nos viene  la pérdida por el fallecimiento de alguien querido. Sin embargo, además de ésta, existen otros cambios, propios del devenir de los años, que sin embargo suponen una pérdida emocional y como tal, generan un duelo que habrá que elaborar

  • Cambios de ciclos vitales
  • Pérdidas de salud
  • Pérdidas de estatus, económicas, laborales
  • Pérdidas sociales (amistades que dejan de serlo, cambios de residencias, etc)

Cada una de estas circunstancias, da inicio a un proceso más o menos visible:

El de atravesar ese espacio que une lo que pudo haber sido y fue,  o no fue,  pero que en cualquier caso nunca más podrá ser.

El duelo es un camino.

De la misma manera que cuando  realizamos una travesía por el monte  y al cruzarnos con otras personas vemos que cada una lo hace con su equipación y su ritmo,  en el recorrido que lleva a la aceptación de una pérdida, cada uno avanzamos según nuestras posibilidades y recursos utilizando para ello ritmos y tiempos diferentes.

Existen  sin embargo, etapas comunes que será necesario alcanzar y superar  para que el duelo se resuelva adecuadamente.

  • Negación: estado de aturdimiento o shock que dificulta la comprensión de lo que está ocurriendo. Quizá un estado necesario para seguir adelante con el día a día adormeciendo el dolor de la pérdida.
  • Rabia por lo que ha pasado, en un intento de comprender, de buscar responsables, culpables. Algo que puede resultar frustrante y generar culpa, sobre todo cuando esa rabia se vuelca en personas queridas que ya no están. Es una etapa de búsqueda, a veces una etapa impulsiva en la que puede venir bien el apoyo externo para evitar una toma de decisiones precipitada que pueda generar nuevas pérdidas.
  • Depresión, tristeza, pérdida de ganas y de ilusión. Porque llega un momento en el que la pérdida es evidente y sus efectos se hacen notar. Entonces se siente la falta de impulso y una gran necesidad de dejarse llevar. Aparece la tristeza y también el llanto incontrolado.
  • Aceptación. Poco a poco se retoma el ritmo aunque probablemente sea otro diferente al  que se ha llevado hasta antes del duelo. La pérdida se ha llorado y va quedando la cicatriz. Esta cicatriz es la que a veces, en determinadas fechas, seguirá doliendo, recordándonos esa parte que antes estaba o que esperábamos tener y ya no está.

Un camino duro pero necesario, que será más fácil de recorrer si:

  • Nos damos el permiso para hacerlo a nuestro ritmo
  • Mantenemos  la conexión con nuestros sentimientos
  • No perdemos la capacidad para expresarlos
  • Nos cuidamos y nos rodeamos de apoyos que acepten como estamos.

Yolanda P. Luna

psicolunablog@gmail.com